Perros sueltos: “No hace nada”

“No hace nada”, dicen mientras su perro anda suelto. Una reflexión sobre perros, correas, responsabilidad y esas normas mínimas que hacen posible convivir.

Aventuras Sin Horario

9/29/20264 min read

Rocco de paseo asustado por un perro suelto
Rocco de paseo asustado por un perro suelto
“No hace nada”

Es la frase recurrente que escuchamos cada vez que salimos a pasear con nuestro perro, con correa como corresponde, y se le acerca otro perro que va suelto.

—No hace nada —dice su dueño o dueña—. Es buenito.

Y esa frase deja bastante claro algo que, al menos por nuestra experiencia y por la gente con la que nos ha tocado cruzarnos, muchos dueños de perros no terminan de entender: salir con un perro a la calle no se trata solamente de tu perro y de cómo creés que se comporta.

También importa cómo reaccionan los demás ante él.

Y, sobre todo, cómo reaccionan otros animales.

Porque cuando nos decís “el mío no hace nada”, casi parece que nos estuvieras pasando a nosotros la responsabilidad por lo que pueda ocurrir después.

“El mío no hace nada. Si pasa algo, el de ustedes es el malo.”

Y no.

No funciona así.

Nuestro perro no es malo

Rocco no es un perro malo. Al contrario.

Pero cuando salimos a pasear con él y de golpe se le acerca un perro que está suelto, se pone ansioso, siente miedo y puede reaccionar a la defensiva.

Primero intenta alejarse.

El problema es que está con correa. No siempre puede hacerlo.

Y entonces la defensa pasa por otro lado.

No importa demasiado que el otro perro venga despacio y moviendo la cola. Para Rocco sigue siendo un perro desconocido acercándose a su espacio sin que él tenga la posibilidad de decidir cuánto alejarse.

Obviamente, es todavía peor cuando el otro viene corriendo, ladrando y directo hacia él.

Por eso, cuando alguien dice “no hace nada”, hay algo que se está olvidando:

no alcanza con saber qué hace tu perro. También tenés que pensar qué provoca su presencia en los demás.

Y no hablamos solamente de otros perros.

Nos ha tocado ver perros sueltos acercarse a personas mayores, chicos o gente que simplemente les tiene miedo. Y esas personas se asustan y la pasan mal, aunque sea durante unos segundos.

Y la verdad es que no tienen por qué hacerlo.

Un paseo que termina siendo una batalla

Nos pasó, por ejemplo, en El Bolsón.

Es una ciudad donde hay muchos perros en las casas y también bastantes perros sueltos.

Salís a caminar una cuadra con tu perro y, cuando llegaste a la esquina, ya le ladraron cinco desde adentro de las casas, tres aparecieron desde otra cuadra y alguno decidió venir directo a correrlo.

Y en el medio estamos nosotros.

Con Rocco atado con su correspondiente correa, tratando de que no termine a los mordiscos con otro perro y, de paso, procurando no ligarla nosotros también.

Tironeando de la correa, tratando de alejarnos, cambiando de vereda o directamente dando media vuelta porque apareció otro perro suelto más adelante.

Entonces algo que debería ser tan sencillo y relajado como salir a pasear con nuestro perro termina convirtiéndose en una batalla.

Y no estamos diciendo que todos los dueños de perros sean irresponsables y que nosotros seamos los dueños perfectos.

Ni cerca.

También nos cruzamos con muchísima gente que pasea a sus perros con correa, mantiene distancia cuando hace falta y entiende que compartir el espacio público implica pensar un poquito en los demás.

No debería ser algo extraordinario.

Pero, lamentablemente, a veces parece que lo fuera.

Y después está la caca...

Hay otra cosa que nos llama muchísimo la atención.

Salvo contadas excepciones —y cuando decimos contadas, decimos que recordamos haber visto apenas a tres personas hacerlo— vemos dueños que directamente se desentienden de lo que hace su perro.

En nuestro barrio le decimos hacerse los boludos.

Largan al perro, el perro hace sus necesidades donde sea y ellos miran para otro lado y siguen caminando.

Nosotros salimos religiosamente con las bolsitas.

Rocco hace lo suyo, nosotros lo juntamos.

No es particularmente agradable ni constituye uno de los grandes momentos de nuestro día, pero forma parte del asunto.

Y si después tenemos que caminar dos o tres cuadras con la bolsita en la mano hasta encontrar un tacho...

Y bueno.

Así son las reglas del juego.

Son reglas bastante simples

Correa.

Bolsitas.

Y un mínimo de consideración por el que tenés al lado.

No parece demasiado complicado.

Sin embargo, muchas veces esas normas mínimas de convivencia se ignoran. Y lo curioso es que, si decís algo, el malo terminás siendo vos.

¿Cuántas veces nos tocó estar a los tirones con el pobre Rocco para evitar que se coma un caniche que anda suelto mientras, unos metros más atrás, su dueño o dueña mira la situación sin decidir muy bien si agarrarlo, llamarlo o esperar a ver qué pasa?

Muchas.

Tantas que últimamente cambiamos de estrategia.

Cuando aparece el clásico:

—No hace nada...

Nosotros contestamos:

—El nuestro sí. Es malo.

Y ahí, mágicamente, aparece cierta urgencia por llamar al perro.

Funciona.

Pero tampoco nos parece justo.

Porque Rocco no es malo.

Simplemente es un perro que tiene que lidiar con un montón de perros sueltos cada vez que sale a caminar.

Y nosotros somos los responsables de cuidarlo, igual que cada dueño debería ser responsable del suyo.

Así que hagámosla fácil

Si vas a sacar a pasear a tu perro, llevalo con correa.

Llevá unas bolsitas y juntá lo que deja.

Prestá atención a lo que pasa alrededor.

No cuesta demasiado y hace que podamos compartir los espacios entre todos de una manera bastante más tranquila.

Ah, y antes de que nos olvidemos...

La correa va atada al perro.

Llevarla en la mano mientras el perro camina suelto no cuenta.

Es como el que anda en moto con el casco puesto en el codo.

No sirve.

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