La normalidad de la rutina

¿Cuándo una rutina deja de ser normal para nosotros? Una reflexión sobre cambiar de vida, dejar lo conocido y empezar a vivir sin los horarios de antes.

Aventuras sin Horario

8/25/20264 min read

Hace unos dias volvimos a las rutas después de más de dos meses parados.

Veníamos de pasar unos días increíbles en el Zaparrancho y, como estábamos relativamente cerca de Bahía Blanca, decidimos ir hasta allí para pasar unos días con nuestros hijos.

Era el cumpleaños de Nacho (nuestro hijo) y, unos días después, sería el mío. Parecía el momento ideal para quedarnos un poquito, disfrutar de los chicos y después seguir viaje.

Unos días.

Ese era el plan.

Pero los días tienen una extraña facilidad para convertirse en semanas. Y las semanas, casi sin que uno se dé cuenta, pueden convertirse en meses.

Y eso fue exactamente lo que nos pasó.

No es que hubiera algo que realmente nos impidiera seguir viaje. Sí, aprovechamos para hacer algunos arreglos en Baymax y ponerla a punto, pero tranquilamente podríamos haber continuado después de una semana.

Sin embargo, nos quedamos.

Y, casi sin darnos cuenta, empezamos a construir una nueva rutina.

Levantarse. Ir a la casa de los chicos. Acomodar algunas cosas. Hacer compras. Cocinar. Lavar ropa. Mirar el Mundial.

Y así fueron pasando los días.

Y entonces empezaron a aparecer las pequeñas excusas.

El Mundial.

El Día del Padre.

Esperemos unos días más.

La semana que viene parece que va a llover.

Y cada una de esas razones, por separado, tenía sentido.

El problema es que, juntas, nos fueron dejando exactamente en el mismo lugar.

Volver a lo conocido

Después de más de dos meses en Bahía Blanca decidimos finalmente continuar.

Pero antes teníamos que pasar por Viedma. Se nos vencía el carnet de conducir y necesitábamos renovarlo.

Dos o tres días, como mucho.

Eso era lo que pensábamos.

Fueron diez.

Y fue ahí, quizás, cuando terminamos de entender algo que hasta ese momento no habíamos visto con tanta claridad.

Qué fácil es volver a una rutina.

No hace falta tener un trabajo al que ir todos los días, una casa que mantener o un horario que cumplir para caer nuevamente en ella.

Alcanza con que la vida se vuelva cómoda.

Cómoda en el sentido más simple de la palabra: tener un techo, un baño, una cocina, un lugar conocido, personas conocidas, cosas que hacer y pocas razones para salir de ahí.

Y lo curioso es que nosotros tenemos todo eso dentro de Baymax.

Tenemos nuestro propio techo, nuestra cocina, nuestro baño y todas las comodidades que necesitamos.

Entonces, ¿por qué resulta tan fácil volver a esos lugares comunes?

Quizás porque durante muchos años aprendimos que esa era la manera “normal” de vivir.

La casa.

El trabajo.

El auto.

La familia.

Los horarios.

Las obligaciones.

Una vida culturalmente construida alrededor de la idea de que estar estable es estar bien.

Y aunque decidimos salir de ese modelo, parece que una parte de nosotros todavía lo reconoce como territorio conocido.

Y cuando encuentra un lugar donde todo resulta fácil, lo abraza.

Casi sin preguntar.

La comodidad también puede ser una trampa

No creemos que quedarse en un lugar sea algo malo.

De hecho, muchas veces es justamente lo que necesitamos.

El problema aparece cuando dejamos de elegir quedarnos y empezamos simplemente a hacerlo porque es más fácil.

Porque no hay nada urgente que nos obligue a movernos.

Porque mañana podemos hacerlo.

Porque la semana que viene también.

Porque, después de todo, ¿qué diferencia hacen unos días más?

Y así, sin grandes decisiones, la rutina vuelve a instalarse.

No golpea la puerta.

No avisa que llegó.

Simplemente empieza a ocupar espacios.

Hasta que un día nos damos cuenta de que estamos haciendo exactamente aquello de lo que alguna vez quisimos escapar.

Volver a la ruta

Ayer volvimos a poner a Baymax en marcha.

Y quizás nunca antes habíamos sentido tan claramente lo que significa para nosotros volver a la ruta.

Porque apenas empezamos a movernos, volvimos a sentir algo que durante esos meses había quedado un poco apagado.

Las ganas.

La curiosidad.

La expectativa de no saber exactamente dónde vamos a terminar.

La posibilidad de descubrir un lugar nuevo.

De conocer a alguien.

De equivocarnos de camino.

De parar donde nos guste.

De despertarnos sin saber demasiado bien qué nos va a traer el día.

Y entonces entendimos algo.

La vieja vida que dejamos atrás no desapareció simplemente porque un día decidimos vender o dejar una casa y salir a viajar.

Esa forma de vivir quedó durante muchos años instalada dentro nuestro.

Y, de vez en cuando, aparece.

Nos ofrece comodidad.

Nos dice que podemos quedarnos un poquito más.

Que no pasa nada.

Que mañana será un buen día para continuar.

Y quizás por eso viajar sea también un ejercicio de conciencia.

No se trata de escapar permanentemente de la rutina.

Se trata de darnos cuenta cuándo una rutina empieza a elegir por nosotros.

Hoy estamos nuevamente en la ruta.

Y mientras Baymax avanza, sentimos que algo dentro nuestro también vuelve a ponerse en movimiento.

Porque descubrimos que esto es lo que nos gusta.

Viajar.

Conocer.

Aprender.

Cambiar de paisaje.

Encontrarnos con personas nuevas.

Dejarnos sorprender.

Y, sobre todo, sentir que estamos viviendo.

Quizás después de tantos años de hacer lo que se suponía que había que hacer, todavía estamos aprendiendo algo tan simple como esto:

que la vida que elegimos también hay que elegirla todos los días.


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