Fiesta Nacional del Rodantero
Pasamos 3 dias en el Zaparrancho
Aventuras Sin Horario
8/15/20264 min read


Finalmente llegamos a nuestro primer gran encuentro de rodanteros. Una fiesta de tres días hecha por rodanteros para rodanteros. Y dónde sino, en el ya mítico Zaparrancho.
Los Zapp, Herman y Candelaria, como los conocemos, son para muchos pioneros de esto de dejar todo atrás, subir a un vehículo y salir a recorrer el mundo. Ellos lo llevaron bastante más lejos que la mayoría: estuvieron 22 años viajando a bordo de su Graham-Paige de 1928, recorrieron el mundo y, durante el viaje, tuvieron a sus cuatro hijos.
En 2022 regresaron a Argentina y en la localidad de Villars crearon el Zaparrancho, un espacio pensado para recibir a los rodanteros que andan por la ruta. Un lugar que para muchos viajeros termina siendo también un punto de partida.
Nosotros habíamos conocido la historia de Los Zapp cuando recién empezábamos a imaginar esta vida. Nos había quedado la ilusión de algún día participar de uno de sus encuentros, pero en aquel momento todavía estábamos construyendo nuestro motorhome y las prioridades eran otras.
Esta vez era diferente. Ya estábamos en ruta.
Así que después de unos diez segundos de consulta entre nosotros, compramos las entradas y nos aseguramos un lugar.
La idea era encontrarnos con otros viajeros, compartir experiencias y nutrirnos de esas ganas que nos habían impulsado a salir a la ruta. Pero la verdad es que lo que encontramos fue mucho más que eso.
Pasamos tres días hermosos, con buena música, una gastronomía increíble y gente llegada desde distintos lugares. Pero, más allá de las actividades y de todo lo que había para ver, hubo algunos momentos y personas que hicieron que la experiencia fuera especial.
Conocer a Los Zapp
Primero, conocer personalmente a Los Zapp.
Herman —con “m” y no mi tocayo, como erróneamente lo llamé al principio— es de esas personas con las que uno puede conversar unos minutos y sentir que las conoce desde hace mucho tiempo. Tiene esa manera de abrir la puerta de su espacio y recibirte como si fueras un viejo amigo. Y, sobre todo, esa enorme capacidad de disfrutar de algo tan simple como un buen abrazo.
Cande derrocha simpatía. Siempre con una sonrisa y una energía que contagia. Y sus hijos, que también participaron de la organización del encuentro, mantuvieron durante los tres días esa misma buena onda con nosotros y con todos los que estábamos ahí.
Un lugar pensado por viajeros
También merece una mención especial el propio Zaparrancho.
Es un lugar pensado por gente que conoce la vida viajera para recibir a otros viajeros. Tiene las comodidades necesarias para quienes vivimos de esta manera, pero sobre todo tiene algo que no se puede construir solamente con instalaciones: espacio.
Muchísimo espacio.
Un lugar donde uno puede llegar, estacionar su casa, abrir la puerta y simplemente sentirse parte de algo.
Si todavía no lo conocen, de verdad les recomendamos que se den una vuelta. Estamos seguros de que no se van a arrepentir.
Las casualidades del camino
Y, como suele pasar cuando uno viaja, también hubo encuentros inesperados.
Allí conocimos a Mary y descubrimos que, además de compartir con nosotros las ganas de salir a recorrer el mundo, es de Viedma, como nosotros.
Ella está armando su Citroneta para salir a la ruta dentro de algunos años. La pueden encontrar en redes como Ecleviajera.
Quizás sea justamente eso una de las cosas más lindas de viajar: uno sale de su lugar habitual y termina encontrando personas que, de alguna manera, sienten y sueñan parecido a uno.
Tres días que nos dejaron algo más
Y así transcurrieron esos tres días.
Entre actividades, stands, música, charlas, nuevos viajeros y, por supuesto, un riquísimo locro de la mano de los chicos de Cocina y Música por el Mundo, el tiempo pasó volando.
Pero cuando terminó el encuentro, nos llevamos algo bastante más importante que el recuerdo de una fiesta.
Nos llevamos la certeza de que queremos vivir viajando.
Queremos conocer lugares nuevos, culturas diferentes y personas que nos permitan mirar la vida desde otros lugares. Queremos aprender de esas experiencias y dejar que nos transformen.
Porque quizás viajar no se trate solamente de conocer lugares.
También se trata de conocer personas.
De aprender a acercarnos a desconocidos, a abrir una conversación, a escuchar historias diferentes a la nuestra y a animarnos a salir, incluso, de nuestras propias comodidades.
Durante muchos años vivimos dentro de una vida bastante previsible. Casa, trabajo, obligaciones, horarios y las rutinas que vienen con todo eso. Salir a la ruta significó romper muchas de esas estructuras.
Pero ahora empezamos a descubrir que viajar también nos enfrenta a otras cosas.
A veces nos cuesta acercarnos a los demás. A veces nos cuesta abrirnos. A veces preferimos quedarnos en nuestra pequeña zona conocida.
Y estos encuentros nos muestran justamente lo contrario.
Que cuando nos animamos a abrir esa puerta —la de Baymax, la de nuestra propia casa o incluso la de nosotros mismos— casi siempre del otro lado hay alguien con una historia que vale la pena conocer.
Quizás eso sea también viajar.
No solamente movernos de un lugar a otro, sino permitir que el camino nos mueva un poco por dentro.
Y si algo nos dejó el Zaparrancho, además de tres días increíbles, fue justamente eso: las ganas de seguir saliendo, seguir conociendo, seguir aprendiendo y seguir dejándonos sorprender por las personas que aparecen en el camino.
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