El lado B de viajar con mascotas

Viajar con mascotas también tiene un lado B. Contamos nuestra experiencia real viajando con perros y gatos, con dificultades, aprendizajes y momentos inesperados.

Hernan Gingins

9/17/20265 min read

Rocco paseando en la Villa Catedral
Rocco paseando en la Villa Catedral

No me malinterpreten.

Amamos a nuestras mascotas. Rocco, Bianca y Pipi son una compañía que solo los “mascoteros” entendemos.

Toda nuestra vida la compartimos con mascotas. Siempre hubo perros y gatos a nuestro alrededor, desde que éramos chicos.

Recuerdo a mi perro Paco, que me acompañó durante toda mi infancia y adolescencia. Incluso ya viejito, llegó a ponerse celoso de Eli.

Penélope fue una gatita que Eli encontró abandonada, recién nacida, y que yo adopté cuando todavía éramos novios.

Ya casados, y dejando de lado a Rocco, Bianca y Pipi, tuvimos a nuestra perra Kamila y a nuestros gatos Pocho, Mingo, Fisu, Pulgas, Maia, Olivia y Bender.

Siempre fuimos “bicheros”. Y así como disfrutamos muchísimo tenerlos con nosotros, también sufrimos mucho cada vez que alguno tuvo que partir.

Pero la vida en una motorhome es completamente distinta a la vida en una casa, y eso también se aplica a las mascotas.

Cuando empezamos a planear este viaje, una de las cuestiones que surgió fue:

¿Qué hacemos con las mascotas?

En ese momento vivían con nosotros nuestros gatos Bender, Maia, Bianca, Pipi y Rocco.

Entendíamos que no podíamos llevarlos a todos. Había que buscarles un hogar.

Eli siempre decía que se quería llevar a Bender en el viaje. “El gordito”.

Era un gato supermimoso y muy apegado a ella.

Lamentablemente, Bender hizo otro tipo de viaje después de que una enfermedad se lo llevara en menos de dos semanas.

Maia se fue con nuestros hijos a Bahía Blanca. Era la más viejita de todos y también la más antisocial. Los chicos viven en un departamento chico, con un pequeño patio, y pensamos que para ella estaría bien.

Nos quedaban Rocco, Pipi y Bianca.

Empezamos por el perro.

Preguntamos a conocidos, en veterinarias, buscamos por distintos lugares… y no tuvimos suerte. Cuando alguien nos decía que sí, al día siguiente se arrepentía.

Finalmente optamos por publicarlo en las redes sociales.

Y ahí la verdad es que fue raro.

La cantidad de gente que te señala con el dedo y te trata poco menos que de basura por querer dar un perro en adopción fue increíble.

El destrato y el juzgamiento fueron tremendos.

Y lo más curioso es que muchos de los que nos criticaron no tuvieron siquiera el mínimo respeto de preguntar cuál era nuestra situación antes de lanzar su crítica gratuita.

En fin.

No quiero perder más tiempo en eso.

Simplemente decidimos dejar de insistir con las publicaciones para dar al perro en adopción.

Y, obviamente, ni siquiera intentamos hacerlo con los gatos.

Los caminos se fueron cerrando y finalmente no nos quedó otra opción:

subirlos a todos a la furgo.

Y yo sé que, para quien nunca vivió esta experiencia, puede sonar superrelajado y divertido eso de viajar con las mascotas.

Pero la verdad es que no lo es.

Al menos para nosotros.

Porque el viaje en sí se transforma completamente.

Lo que en principio imaginábamos como un viaje de descubrimiento terminó convirtiéndose, en muchos momentos, en un viaje de frustración.

Sí, conocemos lugares nuevos.

Pero cada uno de esos lugares también tiene montones de otras oportunidades para conocer y disfrutar que simplemente no podemos aprovechar por viajar con mascotas.

Con Eli no podemos compartir una compra en un supermercado.

No podemos sentarnos juntos en una confitería a tomar un café.

No podemos salir a la noche a comer a una parrilla.

No podemos sentarnos a tomar una cerveza.

Simplemente no podemos hacerlo porque no podemos hacerlo con el perro a cuestas.

Y no, dejarlo en la camioneta no es una opción.

Las gatas no tienen ningún tipo de problema. Duermen prácticamente todo el día y, más aún, no quieren salir de la furgo.

Pero el perro es distinto.

Rocco es superactivo y no quiere quedarse adentro de la camioneta.

Ladra, se pone ansioso y no para.

Y nosotros no podemos simplemente dejarlo que grite.

Aunque tenga comida, agua y todas las comodidades para estar adentro, él no lo disfruta. Se desespera.

Y, por supuesto, tampoco falta esa persona que aparece enseguida para decir:

“Mirá estos, dejaron al perro encerrado.”

Esos aparecen rápido.

Entonces, ¿qué opción queda?

En realidad, no queda ninguna.

Tenemos que adaptarnos a lo poco que podemos hacer.

Pasear por las calles de alguna ciudad.

Hacer los senderos que permiten mascotas —que hasta ahora son pocos—.

Y nada más.

Si queremos conocer alguna atracción, tenemos que turnarnos.

Uno entra al museo mientras el otro se queda con el perro.

Uno hace la visita mientras el otro espera afuera.

¿Y eso es suficiente para nosotros?

Claramente no.

Nos gusta hacer las cosas juntos.

Desde ir al supermercado hasta entrar a un museo.

Nos gusta asombrarnos juntos, comentar lo que vemos, hacer chistes, compartir una cerveza, descubrir un lugar y después hablar de él durante kilómetros.

Y, lamentablemente, todo eso muchas veces no lo tenemos.

El lado bueno, seguramente, que muchos me dirán es:

“Pero al menos lo ven a él descubrir cosas nuevas.”

El mar.

La nieve.

Las montañas.

Los lugares que nunca había visto.

Pero… ¿lo disfruta?

Sinceramente, creo que no.

Creo que muchas veces le genera más ansiedad que alegría todo aquello que es desconocido.

Creo que está mucho mejor y más tranquilo dentro de una rutina y en un lugar que conoce.

Y por eso escribo estas líneas.

No para decirle a nadie qué debería hacer.

Mucho menos para decir que viajar con mascotas está mal.

Las mascotas están, no vamos a abandonarlas a su suerte así que tomamos nuestra decisión.

Simplemente queremos contar nuestra experiencia y, sobre todo, dejar de romantizar ciertas cosas del viaje en motorhome.

Porque también existe esta parte.

Esta parte que no suele aparecer en las fotos.

Esta parte que no aparece cuando alguien cuenta lo maravilloso que es despertarse frente al mar con su perro al lado.

Para nosotros —y particularmente para mí, que soy quien está escribiendo estas líneas— este aspecto del viaje no es para nada satisfactorio.

Genera más frustración que alegría.

Y eso también es parte de nuestra experiencia.

Estar en Bariloche y no poder subir al Cerro Campanario a tomar un chocolate caliente con torta junto a la mujer que amo.

No poder hacer determinados senderos del Circuito Chico.

No poder ir al predio de Cerveza Patagonia, en el Circuito Chico, a tomar una cerveza artesanal mirando el lago.

No poder subir al Catedral a hacer culipatín.

No poder entrar al Museo Paleontológico de Trelew para ver los restos del dinosaurio más grande jamás encontrado.

No poder ir de noche a un observatorio a mirar el firmamento.

No poder pasear juntos por un shopping en Rosario.

No poder sentarnos a comer en un bodegón.

No poder visitar el Cajón Azul, en El Bolsón.

No poder conocer el Bosque Tallado, en el cerro Piltriquitrón.

Son solo algunas de las tantas cosas que no pudimos hacer por viajar con mascotas.

Y sí.

Las queremos.

Las seguimos queriendo con nosotros.

Pero también tenemos que ser honestos con lo que esta decisión significa.

Porque viajar con mascotas tiene un lado B.

Y este es el nuestro.

¿Ustedes qué dicen?

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