Viedma: la ciudad que dejo atrás, las personas que me llevo conmigo
Hernan
3/12/20267 min read


Hay despedidas que se dicen rápido. Un abrazo, una última mirada y listo. Pero hay otras que necesitan palabras.
Después de 48 años caminando las calles de Viedma, hoy me toca despedirme de la ciudad donde nací, crecí, trabajé, formé una familia y aprendí casi todo lo importante de la vida.
Podría escribir sobre su historia, sobre sus lugares o sobre sus paisajes. Pero no. Porque cuando pienso en Viedma, no pienso en calles ni en edificios. Pienso en personas.
En las que estuvieron desde el principio. En las que aparecieron en el camino. En las que me enseñaron algo, en las que me hicieron reír, en las que estuvieron cuando hacía falta.
Hay una frase de Jose Narovsky que siempre me acompaña:
"Cuando al final del camino me pregunten qué he hecho, no diré nada. Solo abriré mis manos llenas de nombres."
Y creo que no hay mejor manera de despedirme de esta ciudad. Porque si algo me llevo de Viedma, son justamente eso: nombres.
La primera mención tiene que ser para mi familia.
Y acá voy a hacer una distinción entre mi familia previa y la familia que formé.
Con respecto a la familia previa, la heredada, no fuimos ni somos una familia fácil a la hora de relacionarnos. Dicho esto, creo que los mejores recuerdos que tengo como familia son los de mi infancia.
Juntarme con mi primo a hacer cagadas juntos, jugar en la calle, inventarnos historias o hacer nuestros campeonatos de fútbol con muñecos hechos de papel.
Jugar con mi hermano mayor a que dirigíamos un puerto naval cuando el patio se inundaba con la lluvia y usábamos unas maderas como barcos.
Ir a pescar con mis abuelos al pescadero —la desembocadura del Río Negro en el balneario El Cóndor, para quienes no conocen— a las 4 de la mañana para agarrar la marea.
Aprender albañilería, electricidad, instalaciones de agua y gas con mi viejo.
O la complicidad que alguna vez supe tener con mi vieja.
Elijo quedarme con esos momentos.
Y después viene mi familia elegida.
Eliana, mi compañera de vida, la persona más increíble que el universo pudo poner en mi camino, con la que nos elegimos para compartir este viaje.
Las cosas no siempre fueron simples ni fáciles, y aun así, después de todos estos años, sé que no hay nadie más con quien quisiera seguir este camino.
Con ella tuvimos dos hijos hermosos: Ignacio y Guillermina. Hoy ya son dos personas adultas e increíbles. No puedo estar más orgulloso de ellos, y espero que realmente lo sepan, más allá de que se los digo siempre.
Recuerdo cuando pudimos comprarnos nuestro primer auto: el “unito”. Lo primero que hicimos fue meterle un viaje por el camino de la costa. Nunca había hecho ese camino y la sensación de descubrir lugares nuevos y asombrarme con los paisajes de esas playas vírgenes fue algo hermoso.
Lo mismo cuando alquilamos una cabaña en Bariloche (en calle Jose Ingenieros, todavía me acuerdo) y nos fuimos con los chicos, en busca de la nieve. O cuando seguimos el paso del Rally Dakar por San Antonio Oeste.
Esos viajes se repitieron muchas veces, y hoy entiendo que fueron el preámbulo de lo que hacemos ahora.
Viedma me dio mucho.
Me dio educación.
Hice la primaria en la Escuela N°1 de calle 25 de Mayo. De esas épocas mantengo contacto seguido con algunos de mis compañeros, un grupete hermoso: Carolina, Fernanda, Ximena y Herberto. Y también está Matias (que además fue testigo en mi casamiento), Veronica, Marcelo, Diego, Anita, Fidel, Luciano, Griselda, Daniela, Javiero, Seba y por supuesto Walter.
En fin… muchas personas que me llevo conmigo.
La secundaria la hice en la Escuela Industrial N°2.
Ya en casa, con mi viejo y con mi abuelo, había entendido que en la vida había que saber hacer de todo. Y en los talleres de la Industrial le puse un poquito de teoría a esa manía por hacer de todo un poco.
Me encantó aprender electricidad. Me gustó hojalatería, aunque dejé la yema de mi dedo en un banco de trabajo cortando hojalata.
Me acuerdo que teníamos que ir a las estaciones de servicio a pedir las latas de aceite vacías para poder limpiarlas y usarlas en el taller.
Aprendí soldadura. Si pasan por la Escuela Industrial en avenida Caseros van a ver, en la parte de atrás, un playón con unos arcos de fútbol que tienen incorporados arriba unos aros de básquet.
Parte de esos caños los corté yo. No le digan a nadie que tuvimos que soldarle un pedazo de caño más a uno de los palos de un arco porque cuando medimos para cortar no tomamos en cuenta la parte que iba enterrada… si ustedes no dicen nada, nadie se entera.
También aprendí carpintería, moldeo, herrería y tornería. Y me tocó, en el taller de motores, desarmar un V8 hasta la última pieza, armarlo de nuevo y hacerlo arrancar.
Fue súper satisfactorio cuando finalmente arrancó… después de 14 intentos.
Y así llegué a la Universidad del Comahue a estudiar la Licenciatura en Administración Pública.
Los que vienen de Buenos Aires por ruta 3 y cruzan el puente Basilio Villarino —para nosotros el “puente nuevo”, porque el ferrocarretero es el “puente viejo”— la van a ver a mano izquierda cuando lleguen a la primera rotonda.
La carrera no la terminé, pero ahí conocí a Eliana. Allá por 1997, en una clase de estadística. Yo no tenía “las fotocopias” y había que hacer un trabajo en clase. Así que con mi compañero Coki, que tampoco tenía el material, nos dimos vuelta. Y ahí estaba ella, justo enfrente mío. Entonces le dije:
“¿Me adoptás?” Aunque ella rehusó la propuesta de manera muy gentil, hicimos el trabajo… y desde ese día me tiene que aguantar.
Viedma también me dio trabajo.
Mi primer trabajo fue en una AFJP. Empecé como promotor: mi trabajo era afiliar gente. La verdad es que era malísimo para vender las bondades de la jubilación privada. Duré un mes. Cuando fui a renunciar porque claramente no era lo mío, en lugar de darme una patada en el traste me ofrecieron hacerme cargo de la parte administrativa de la oficina.
Ahí le agarré el gustito al trabajo administrativo, perdí el miedo o la vergüenza de hablar por teléfono y, por primera vez en mi vida, volé en avión a Buenos Aires. No parece mucho, pero para mí era un montón.
En ese momento no lo sabía, pero el tema de las jubilaciones sería una constante a lo largo de mi carrera laboral.
Después entré como pasante al Ministerio de Educación de la provincia.
Con los años pasé a ser planta permanente y responsable del inicio del trámite de jubilación de los docentes de toda la provincia. Gracias a eso —y por esas vueltas que tiene la vida— tuve la chance de ayudar a jubilarse a muchos de quienes fueron maestras, profesoras y profesores míos. Y eso fue profundamente satisfactorio.
De esta etapa en Educación me llevo muchas personas conmigo. Esos con los que voy a la guerra sin dudarlo: Sergio, Patricia y Natalia.
Y después muchísimas personas más que fueron importantes de una manera u otra: Mabel, que me dio la oportunidad; Cristina, que me enseñó a entender la reglamentación y el funcionamiento del ministerio; Claudio, que me enseñó las mañas; Angelito y Adriana, que apoyaron siempre; la Chechu, que siempre se preocupó por que yo cobrara cuando era pasante; Vero, que fue una mano derecha en momentos de mucho laburo; Graciela, Shirley, Maxi, Mauro, Danilo, Lucas, Laurita, Nico, Sandrita que hacía malabares con los teléfonos, Lore, David, Andrea… y tantos otros que seguramente me estoy olvidando.
A todos ustedes: gracias totales.
Y en las vueltas de la vida, allá por el 2020, en plena pandemia, me llegó la oferta para cambiarme de ministerio.
Claudia, con quien había trabajado en la AFJP allá por 1996, me convocó para formar parte del equipo de Recursos Humanos en el Ministerio de Economía.
Ahí conocí un grupo de gente muy copada que me acompañó hasta mi desvinculación.
Primero que nada Claudia, que ya la conocía, pero la quiero nombrar primero por darme la oportunidad y porque además me incentivó a continuar con mis estudios (de hecho ahora soy Técnico Superior en Recursos Humanos).
Andrea, con quien compartimos el gusto por la buena música. Eva, que hace unos budines de zanahoria riquísimos. Nahir, con todo su entusiasmo de juventud. Ana, Marita, Majo con su calma contagiosa, Marianela. Y voy a dejar una mención especial para las dos personas con las que más compartí estos últimos años.
Primero Natalia, la Naty: una persona que no tiene mezquindades, de esas personas de fierro con las que podés contar siempre. Apasionada por las plantas y con quien compartimos nuestro fanatismo por Boca.
Y por último Marcos, quien fuera mi jefe directo en liquidaciones. A él lo conocía de antes, en Educación. Es de esas personas que querés… incluso cuando te dan ganas de tirarlas por el balcón al menos una vez al día. Más corazón que cabeza. Un amigo de esos que sabés que va a estar siempre, no importa las distancias.
Hay muchas personas más. Como las chicas y los chicos de Tesorería, que siempre me tuvieron paciencia. Vero en Administración. Los chicos de Auditoría en la Función Pública. Les digo los chicos y las chicas porque, por amplia mayoría… son todos más jóvenes que yo.
Y así me voy de Viedma.
No con nostalgia amarga, sino con la tranquilidad de haber vivido acá una vida entera.
Acá crecí, aprendí, me equivoqué, trabajé, amé y formé una familia.
Acá están muchas de las historias que me hicieron quien soy.
Ahora el camino sigue en otro formato: kilómetros, rutas nuevas, lugares desconocidos y la casa sobre ruedas.
Pero hay algo que no cambia.
Porque uno puede irse de una ciudad, pero nunca se va de las personas que lo habitan.
Y si algún día, en algún rincón del camino, alguien me pregunta qué hice con mi vida, no voy a necesitar explicar demasiado.
Simplemente voy a abrir las manos.
Y van a estar llenas de nombres.
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