Las cosas del camino

No salimos buscando una aventura. Salimos, simplemente, a probar la camioneta.

Aventuras sin horario

2/14/20263 min read

Después de una pasada por el taller, decidimos salir a probar la camioneta. También habíamos pulido las ópticas y colocado faros LED, así que la noche en la comarca —con más de treinta grados todavía en el aire— invitaba a salir a rodar. Dimos unas vueltas cortas por la ciudad, pero la costanera viedmense estaba cargada de tránsito. La opción lógica fue la ruta.

La idea era simple: cruzar el puente "Basilio Villarino" que une la provincia de Río Negro con la Provincia de Buenos Aires y hacer unos kilometros hasta el cruce (la rotonda que divide la ruta 3 vieja con el trazado “nuevo”), del lado de Carmen de Patagones (Pcia. de Bas As), y ver cómo respondía todo. El primer tramo pintaba bien. Al principio mirábamos las luces con cierta desconfianza, pero con el correr de los minutos terminaron por convencernos.

Al llegar a la rotonda del cruce empezamos a sentir un ruido repetitivo. Pensamos que podía ser un tema de alineación o balanceo. O quizá las ventanas traseras, que estaban abiertas y embolsaban el aire. En mi cabeza quedó la idea de dar la vuelta a la rotonda y detenernos al costado de la ruta, cerrar las ventanas del furgón y revisar todo.

Entramos a la rotonda despacio, dimos la vuelta y, al salir, sentimos que la camioneta caía de atrás. En ese mismo instante vimos pasar, delante nuestro, una de las ruedas. Incredulidad absoluta. Los dos dijimos casi al mismo tiempo: “¡Se salió la rueda!”.

Por un momento pensamos que había sido una de las delanteras —justamente las que habían estado trabajando en el taller—, pero al mirar por el espejo entendimos que eran las duales del lado del conductor. Por suerte veníamos muy despacio y pudimos salir de la ruta y estacionar en la banquina.

Respirar hondo, encender balizas y ver qué se podía hacer. Eli fue a buscar la rueda que había salido disparada al medio del campo, literalmente. Yo fui por la otra, que había quedado a la salida de la rotonda. Las seis tuercas de las duales del lado del conductor se habían salido por completo. Las ruedas habían decidido emanciparse.

Como las duales tienen los extensores de las válvulas de aire, una arrastró a la otra y terminó arrancándole la válvula, dejándola desinflada. No quedaba otra que bajar el auxilio del techo. Por suerte teníamos cricket, llave de impacto, tubos y caballetes: había con qué trabajar.

La parte más complicada llegó cuando intentamos poner el cricket para levantar. Al no tener ruedas, el brazo bajó hasta que el disco tocó el suelo. Ahí no quedaba más que pensar y buscarle la vuelta. En ese momento paró una familia que volvía a sus pagos, para ver si necesitábamos ayuda. Buena gente. Como parecía que estaba todo más o menos controlado, charlamos un rato y siguieron su camino.

Volvimos a la tarea. Logramos levantar un poco y colocar los caballetes, pero nos faltaba altura. Y ahí fue cuando, como dicen, la ruta ayuda. Detrás nuestro frenó un colectivo de dos pisos: era el micro del Club Jorge Newbery. Javier, el chofer —nuestro ángel rutero—, nos prestó el cricket del colectivo. Con eso conseguimos la altura necesaria para volver a colocar las ruedas.

Gracias, Javier.

Pero la noche todavía tenía algo más preparado. Armamos todo, guardamos las herramientas, subimos y salimos otra vez, despacio, rumbo a Viedma. Todo parecía en orden. No habríamos avanzado más de doscientos o trescientos metros cuando vimos balizas al costado de la ruta. Ya eran cerca de las once de la noche.

Por una cuestión de principios, así como otros habían parado para ayudarnos, no podíamos seguir de largo. Volvimos a la banquina. Una familia de Pedro Luro (Pcia de Bs As) viajaba con un carro para el sur y había pinchado una goma del trailer. Tenían el auxilio, pero no podían sacar el bulón que lo sostenía debajo del carro. No tenían herramientas.

Saqué todo lo que llevaba en la camioneta y nos pusimos a probar. El bulón estaba oxidado y completamente agarrado. De tanto insistir, las tuercas ya estaban redondeadas. Con un steelson, unas pinzas y bastante paciencia, después de un buen rato logramos finalmente sacarlo. Cambiamos la rueda y listo: todos podían seguir viaje.

Después de tantas horas en la ruta —primero resolviendo nuestro problema con ayuda y después ayudando a otros a continuar— nos quedó una certeza clara: los problemas en el camino van a aparecer. Pero también sabemos que se pueden solucionar, por nuestros propios medios o con la ayuda que la ruta misma ofrece.

Porque así son, simplemente, las cosas del camino.

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