El momento en que dejamos de sentirnos turistas
Aventuras Sin Horario
5/9/20265 min read


La fantasía antes de salir
Cuando arrancamos el motor aquel primer día pensábamos que ya estábamos viviendo el sueño. Pero la verdad es que recién dos meses después empezamos a entender lo que significa vivir viajando.
Cuando elegimos dejar todo por esta vida no sabíamos mucho sobre ella, más allá de lo que veíamos de otros viajeros en redes sociales. Salvo algunos recuerdos de infancia, ninguno de los dos había tenido una vida de mochilero, de campings o de carpa. Solo conocíamos las vacaciones tradicionales: reservar un hotel, alquilar algo por unos días, moverte sabiendo que, pase lo que pase, siempre volvés a tu casa.
Nosotros ya no teníamos una casa esperándonos.
Nuestra primera decepción en la ruta
Salimos de Viedma el 3 de marzo de 2026 con un destino claro: Bahía Blanca. Queríamos despedirnos de nuestros hijos antes de empezar realmente el viaje. Esa fue nuestra primera parada obligatoria.
Pasamos una semana ahí y, apenas apareció esa ansiedad de volver a hacer ruta, arrancamos otra vez.
El plan era simple: conocer Pehuen Có, Monte Hermoso y después empezar a subir por el interior de la provincia de Buenos Aires hasta Rosario. ¿Por qué Rosario? Porque un vecino de Viedma, que durante meses nos había visto construir el motorhome, nos pidió si podíamos llevarle un paquete a sus hijos que vivían allá. No éramos amigos cercanos, pero aceptamos encantados.
Nuestra primera misión rutera.
Salimos de Bahía apretando los dientes entre pozos y esquivando charcos gigantes. Había llovido muchísimo esos días y cuando llegamos a Pehuen Có nos encontramos con calles completamente inundadas. Dimos vueltas un rato, pero nunca pudimos llegar al mar.
Nuestra primera decepción del viaje.
Y también el primer aprendizaje importante: las cosas no siempre salen como las planeás.
Así que seguimos hacia Monte Hermoso buscando mejor suerte. Y ahí sí. Apenas estacionamos frente al mar sentimos algo difícil de explicar. Abrías el portón del motorhome y el océano estaba ahí, llamándote.
Esa noche el cielo nos regaló una cantidad absurda de estrellas. A la mañana siguiente, temprano, nos pusimos la malla y nos fuimos directo al agua.
Fue un día increíble.
Pero todavía se sentía como vacaciones.
Cuando el viaje empezó a sentirse real
Después volvió el mal clima y decidimos seguir viaje antes de quedar atrapados por otra tormenta. Ahí empezamos a entender algo importante: en esta vida muchas veces no decidís vos hacia dónde ir. Decide el clima. Decide el sol. Decide si los paneles solares van a poder cargar o no.
Y de golpe empezás a depender de cosas que antes ni siquiera pensabas.
Pasamos una noche en una estación de servicio en Benito Juárez. El lugar era lindo y todavía había algo de aventura romántica en todo eso. Pero lentamente empezaron a aparecer las nuevas rutinas.
Buscar agua.
Buscar dónde descargar aguas grises.
Pensar dónde dormir.
Calcular batería.
Cuidar el consumo eléctrico.
La logística empezó a formar parte del viaje.
Después llegó otra realidad: viajar con mascotas. Y eso merece un capítulo aparte. Porque no podés dejar al perro encerrado en el motorhome mientras vas al supermercado. Entonces uno se queda y el otro compra. O vamos turnándonos.
Son detalles mínimos, pero empiezan a definir tu nueva vida.
Seguimos subiendo hacia Rosario hasta que la lluvia finalmente nos alcanzó. Paramos en una estación de servicio en Saladillo después de varios días completamente nublados. Sin sol y sin posibilidad de enchufarnos a 220, esa noche nos quedamos sin baterías.
Y como si fuera poco, empezó a entrar agua por el techo.
Dormimos escuchando la lluvia caer y entendiendo que había cosas del motorhome que todavía necesitaban mucha atención.
A la mañana siguiente llegó otra noticia. Nuestro hijo había tenido un accidente laboral. Y como no teníamos batería tampoco habíamos podido cargar bien los celulares ni enterarnos de los detalles.
Pegamos la vuelta inmediatamente hacia Bahía Blanca.
Por suerte estaba bien. Pero terminamos quedándonos casi un mes.
La paradoja de vivir en un motorhome
Cuando retomamos el viaje volvimos a subir por la Ruta 33 rumbo a Rosario. La primera parada fue Carhué, a orillas del lago Epecuén y luego Guamini. Esta vez elegimos un camping con electricidad para poder arreglar definitivamente las filtraciones del techo.
Los intentos anteriores habían fallado.
Y ahí pasó algo curioso.
Más allá de algún paseo, algunos atardeceres hermosos, gran parte de nuestros días estuvieron dedicados a arreglar cosas: un cable suelto, la cocina, acomodar el interior, lavar ropa, reorganizar espacios.
Y ahí empezás a entender la gran paradoja del motorhome.
Uno cree que, al ser un espacio pequeño, es más fácil mantenerlo ordenado. Pero pasa exactamente lo contrario. Lo simple es desordenarlo.
El viaje siguió. Dormimos en estaciones de servicio de trenque lauquen el estacionamiento de un Carrefur en Venado Tuerto y finalmente llegamos a Rosario. Entregamos el paquete y pasamos la noche frente al río Paraná, al pie del Monumento a la Bandera.
Una sensación increíble.
Después vinieron San Nicolás, San Pedro, Vuelta de Obligado… kilómetros, experiencias y lugares que soñábamos conocer.
Pero también empezaron a aparecer los otros días.
Porque no todo es atardeceres y paisajes perfectos.
Y es ahí, casi sin darte cuenta, cuando dejás de sentirte turista.
Entendés que esto ya no es un viaje. Es tu vida diaria.
Con problemas distintos a los de una casa tradicional, pero problemas al fin. Necesitamos sol. Necesitamos agua. Necesitamos encontrar lugares seguros donde estacionar. Ver si hay señal, baños cerca, una despensa, una toma de 220 o aunque sea un lugar medianamente nivelado para dormir sin terminar inclinados toda la noche.
Y todas esas cosas hay que resolverlas todos los días.
Lo que la ruta nos está enseñando
¿Nos arrepentimos de haber dejado atrás la seguridad de una casa o los trabajos fijos?
Ni por un segundo.
Y esa es quizás la mayor contradicción de esta vida. Sos libre, pero al mismo tiempo dependés de cosas tan simples como encontrar agua o un poco de sol.
Entendimos que tener menos cosas no significa tener menos problemas. Solo cambia cuáles son esos problemas.
Y eso inevitablemente te obliga a crecer. Como individuo y como pareja.
Porque en esta vida no podés dejar las cosas para después. Hay que resolver. Aprender. Adaptarse. Improvisar.
Todos los días aparece algo nuevo. Y sinceramente, creemos que esa incertidumbre también es parte de la magia.
Y aun así, cada mañana en la ruta seguimos sintiendo que tomamos la decisión correcta.
Porque esta vida nos está regalando algo que antes parecía imposible: tiempo. Tiempo juntos. Tiempo para mirar un atardecer sin apuro. Tiempo para conocer lugares que hasta hace poco eran apenas nombres en un mapa. Tiempo para hablar, para pensar, para redescubrirnos fuera de la rutina que durante años sentimos obligatoria.
En el camino entendimos que viajar no es solamente moverse de un lugar a otro. Es aprender otras formas de vivir. Es conocer personas con historias completamente distintas a la tuya. Es descubrir costumbres, paisajes y culturas que te recuerdan lo enorme que es el mundo… y lo pequeña que a veces era nuestra vida antes de animarnos a salir.
Pero quizás lo más importante no sea todo lo que estamos conociendo afuera, sino lo que estamos descubriendo dentro nuestro.
La ruta te enfrenta constantemente con tus límites, con tus miedos, con tu paciencia y también con tus sueños. Y compartir todo eso juntos, en apenas unos pocos metros cuadrados, termina creando una conexión difícil de explicar.
No sabemos cuánto durará este viaje. Tal vez años. Tal vez menos. Pero hoy entendemos que ya no estamos persiguiendo vacaciones eternas.
Estamos aprendiendo a vivir de otra manera.
Y por ahora, no queremos otra vida que no sea esta.


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